Novela corta "3 años, 30 años" (13)
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Afortunadamente, quien tocó la puerta de mi casa el día siguiente fue Chol Myong sin compañía.
Tras cotorrear un rato con lisonjeras palabras a mi madre que le acogía con alegría, él entró a mi habitación, haciéndome un guiño de su nariz abultada.
"Estoy aquí en calidad del enviado especial de la secretaria de la organización juvenil de base."
"¡Válgame Dios! No tengo preparada la música de recepción."
"Para mí, basta una mesa servida."
Tras un intercambio de tales bromas, nos sentamos cara a cara.
"Ayer fue excesiva tu actitud."
Chol Myong me dijo con un semblante serio. Yo lo asentí.
"Lo sé. ¿Qué te dijo ella en el camino? ¿Lloró?"
"Nada de eso. Guardó silencio hasta que lleguemos al instituto y dijo; 'Compañero Jun Min no conoce aún del todo a mi maestra.'"
Quedé aturdido. Entonces, ¿¡ella conocía ya a mi madre!?
"Tu dibujo la admiró. Ella dijo que la apariencia es la fiel copia, que se ve muy envejecida."
"¡¿ ?!"
"Y me contó una historia. ¿Te interesa?"
Chol Myong sacó la conclusión sin esperar mi respuesta.
"A mi parecer, debes conocerla también sin falta."
Observando mi cara atónita, Chol Myong dibujó una sonrisa en su rostro.
Era la socarrona, como si un buen narrador intentara sondear lo que su cuento producía al interlocutor.
Y comenzó a narrar con tanta lentitud que me provocaba impaciencia.
...
Fue un día de verano, después de que Sol Mi acababa de tener puesta una faja en su hombrera roja.
Se dio la orden imprevista de entrenamiento de cañonazo. Mientras que no cesaban las órdenes breves, pero fuertes, los pesados cañones de guardacostas extraídos de las galerías ocuparon de un aliento los puestos de fuego ya indicados.
El movimiento de las artilleras era veloz y certero como si fuera de una sola.
En momentos en que los cañones de acero extendidos hacia el mar azul profundo estaban a punto de detectar el blanco, se creó la peor situación según la orden sorpresiva; "¡La sargenta del cañón y la apuntadora, heridas, la mira, destruida!
En fin, el mando del fuego se le confió a Sol Mi, acordeonista de la batería que llevaba apenas un año del ingreso en el ejército.
"Atienda, Sol Mi. ¡Medición con la vista!"
La apuntadora que se vio obligada a abandonar la posición a causa de la desafortunada orden de "herida", le susurró rápidamente al pasar por su lado. Sol Mi lo sabía también.
Apareció el blanco sobre la superficie de las aguas ondulantes.
Las veteranas excluidas del ejercicio enfocaban su vista sólo a Sol Mi pateando con ansiedad.
El tiempo transcurrió velozmente. Pero no se abrió enseguida la boca de Sol Mi dedicándose a calcular los índices de tiro con el puño apuntado al blanco.
A decir la verdad, obtener los índices de tiro con el método de medir con la vista no es una matemática superior. Pero, se necesita el cálculo mental rápido y exacto, basado en el principio matemático.
Comenzó a latir fuertemente el corazón de Sol Mi. Recordó fugazmente que no habían sido buenas sus notas de matemática en el curso secundario y ello le hizo no tener la seguridad sobre la respuesta sacada a duras penas.
Además, ella no estaba sometida en un examen en un aula, llenando el papel con respuestas.
Sol Mi se sentía sofocada debido al tenso sentido de que no se permitía ni siquiera un fallo.
Era ella que nunca tuvo interés por otras cosas además de la música, desde niñez.
Cuando recibió por primera vez su propia arma, con el uniforme militar puesto, aprendió de memoria hasta el número corto del fusil, combinándolo con "Do-mi-sol-si-re-sol" como si fuera un compás de la partitura numérica.
Al ver asustarse a las colegas, Sol Mi les respondió sin vergüenza.
"Yo lo memorizo bien de esta forma."
Por fin, Sol Mi abrió la boca. También se abrió el fuego de cañón.
Con el estrepitoso trueno, el blanco negro flotante se desapareció sin dejar rastros, junto con la columna blanca del agua.
El blanco fue acertado. Pero, reinó absoluto silencio en el puesto y las trincheras donde debían estallar los vítores.
Fue porque ya había excedido el límite del tiempo. Sol Mi se desplomó sobre el suelo.
Las artilleras de la compañía miraban quietas e impacientes el puesto avanzado de vigilancia de donde se dictaría el fallo sobre los ejercicios.
Pero ellas no podían saber que allí se encontraba el estimado Comandante Supremo